feb 06 2010
Lenguaje
Hace ya casi dos meses que intento escribir un poema sobre Antonia. Mejor dicho: hace dos meses que intento escribir sobre los poemas que nos lee Antonia. Tengo la idea, la emoción y la necesidad de hacerlo. Sin embargo, en ese tiempo, sólo he conseguido redactar un único verso. Se lo confesé a Urceloy el jueves mientras caminábamos por la Dehesa de la Villa. El bueno de Urce me tranquilizó: “lo que intentas es difícil”, dijo.
Sí que es difícil. De Antonia no sólo disfruto, y mucho, sus poemas. Pero, lo que, en realidad, me avasalla de sus versos es el lenguaje. Nunca utiliza palabras, ni expresiones, poéticas. Lo que es poético es su lenguaje. Es un lenguaje tejido con mis propias palabras, con las palabras de mi gente y de mi tiempo. ¿Qué tiene entonces de especial? El aliento, el alma del lenguaje.
Sospecho que, entre los muchos dolores que sentimos al perder una amante, hay uno que se prolonga penosamente mucho tiempo. Es el dolor del lenguaje. ¡Cuánto extrañamos nuestro lenguaje amoroso! Pues bien: yo me me reencuentro con ese lenguaje en muchos poemas de Antonia. Y me pasa que, después de penetrar en ellos, salgo sintiendo de otro modo, como si escuchara, otra vez, mi propia voz enamorada.
Asunto distinto es la voz. No sé cómo sucede, pero, cuando Antonia lee un poema, es como si le diera a mi cuerpo esa voz que a mi me falta.
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Me han llevado hoy por las calles y los bares de mi juventud. ¡Qué gusto da ver que otros chavales llenan mis calles y mis bares de entonces! También son hermosos y alegres, como nosotros lo fuimos. Nada ha cambiado; sólo nosotros. Y tampoco hemos cambiado tanto: aún nos besan labios buenos, y nos abrazan cuerpos amables.
Sulleiro
¡Uf! Me siento abrumada por tus palabras. No sé qué decir, de momento, porque dices muchas cosas sobre las que pensar.
Gracias y un beso,
Antonia
El lenguaje ama a quien ama el lenguaje. va vuecencia por buen camino. Lee uno cualquiera de los versos que finge prosa en el Jardín de los frailes Azaña, que es tu padre dialectal, usa su voz, reinvéntale en ti y escribe sobre lo que él no puede decir ya. Verás como comienza el lenguaje a ser más tuyo y tú más libre. No me creo que no pueda salirte después un magnífico poema.
Eso pasa cuando llevas las palabras bien agarradas al estómago. Cuando llevas las palabras bien agarradas al cuerpo.
Como si tu cuerpo nunca se hubiera creído que era alma o tu alma nunca se hubiera creído que era cuerpo.
Y produce un placer muy especial, muy compartido.
Quise decir: como si tu cuerpo nunca se hubiera creído que no era alma o tu alma siempre se hubiera creído que era cuerpo.
Es que vengo un poco flipada de conocer al bebé de veinte días de mi amiga E.