abr 10 2008
‘Hackers’ del alma
Marisol ha olvidado su contraseña para enviar textos a Los Proscritos. Y es un pena, porque, según dice, iba a escribir sobre pechos. Mejor dicho: iba a escribir acerca de pechos. Escribir sobre pechos debe ser otra cosa. Otra cosa estupenda, me parece. Sobre todo, si el texto es bueno y el pecho es fino de oído.
Con la natural premura que la urgencia requiere, no hemos desperdiciado un sólo minuto en remitirle a Marisol una nueva clave, con la esperanza de que continúe un debate tan prometedor como este de las bien amadas anatomías.
Pero, por otro lado, lo de perder el “password” es cosa que siempre inquieta a un gallego. Y en esta materia, como en otras muchas, el Hermano Lobo no me dejará mentir.
Para quien, como yo, ha extraviado tantas cosas, perder el “password” de la propia cuenta parece una metáfora de la misma locura. Es como, si de repente, el olvido de una palabra clave nos dejara fuera de nosotros mismos.
Se lo escuché, hace poco, a una amiga: “Anoche, salí a pasear con el perro, pero me olvidé las llaves y nos quedamos encerrados fuera de casa“. Tal vez eso tenga que ver con la locura: quedarse encerrado fuera de casa, extraviado al otro lado de nuestro ser.
Sospecho que no hay pastilla ni tratamiento que devuelva el “password” a la memoria. Cualquier palabra, aún la que no existe, puede ser nuestra contraseña. Cuando la olvidamos, cuando no la reconocemos, es como si desapareciera el camino de retorno a casa y quedáramos, encarcelados, en el inmenso abandono exterior.
Las pastillas y los terapeutas nos ayudan a recordar muchas cosas. Pero, ¿quién puede saber qué es lo que debemos recordar?
Tendría que haber “hackers” del alma, gentes hábiles para desentrañar la clave escondida de nuestra cabeza. Gentes que descifraran las contraseñas de los sentimientos y de las emociones. A un buen hacker le bastaría con mirarnos el lenguaje para saber en qué canción escuchada de chiquillos está la palabra que buscamos.
Al fin y al cabo, siempre se psicoanaliza a un niño.
Sulleiro