El taller de hoy se nos ha ido, otra vez, de las manos. Todo era, o quería ser, un obsequio para Claudio. Y así no hay modo de hacer nada: ni talleres poéticos, ni revoluciones sociales, ni siquiera una paella para doce en el jardín de un chalé adosado. Con decir que hoy no hemos podido ni follar en clase, está dicho todo.
Eso sí: Claudio ha cumplido con su compromiso, y todos hemos disfrutado del beso con lengua que nos tenía prometido. Y la cosa es que, oye… ¡Claudio besa estupendamente!, vamos que no veo yo la necesidad de limitar estos besos al ámbito pre-quirúrgico. Yo, al menos, reclamo mi ración de labios claudinos sin que haya biopsias de por medio.
En clase, la gente va dedicando sus poemas a Claudio. Y Claudio se mosquea:
__ ¡Joder! Si esto es antes de la operación… como salga mal y la palme… ¡a ver qué guardáis para mi homenaje!
Y servidor, que es gallego, y por ende pesimista, no tiene más remedio que rendirse y admitir que tenemos boca de Claudio para muchos besos.
Después, la debacle
Salvo el beso de Claudio, y los mimos de Jelen y Elisa, el resto del taller ha sido una pura humillación. Miguel ha perpetrado seis liras blancas que daba envidia oírlas. Por ejemplo, la IV:
La ruina me explica
y me obliga a mirarla para verme.
No ha llovido bastante
para hacerte memoria
del esplendor previo a tu existencia.
El poema de Claudio, en cambio, era propio de un verdugo eficiente; es decir: nos ha puesto un nudo en la garganta. No se puede entresacar un solo verso. Hay que disfrutarlo entero, como un beso.
La humillaciones de Juan Hospital ya no hacen daño: estamos a acostumbrados. En el justo centro de un cuartilla milimétricamente cortada, leemos el final de su poema:
(…)
Creo en el hombre
en la mujer de espíritu antropólogo
en el hueso pasado en los presentes
en el destino óseo de mi gesto
Claudio apenas toma notas en su cuaderno nuevo. Y Jelen lee:
(…)
Me he levantado muerta.
He arrastrado mi cadáver hasta el sofá
y lo he conectado a internet.
El Lobo lee el poema para Claudio que podéis encontrar en este blog, y se enzarza conmigo en un cruce de frases: “El hambre es un estado pasajero”, “el hombre es un estado pasajero”, “el hombre es un estado pasajero para el hombre”…. hasta que Urceloy nos riñe por enésima vez.
Y yo, que soy el último, leo un poema dedicado a Jelen:
Hoy visto una camisa de regalo
y una piedra de mar en el bolsillo.
Por eso, hoy más que nunca,
pido a tu viva voz
-boca de santo y seña-
que me dé su palabra entre mis labios.
(Está nevando tanto en la autopista
que este viaje tiene alma de juguete)
También leo otros tres poemas, que los asistentes escuchan con ejemplar respeto y consideración.
Y en esto llegó Fidel
Ya estábamos poniendo proa hacia el bar de todas las biopsias cuando, de repente, aparece la doctora Mortiblú.
¡Qué hermoso y digno gesto! (Es de suponer que los barcos siempre se abarloan como más conviene al tiempo que hace en cada puerto. Para más información, ver el mensaje abarloados).
Esta noche, la doctora Mortiblú trae los colmillos cargados con veneno de fogueo, y el cuerpo lleno de ovillejos. No en vano tiene una llamada en el móvil (cosa de Jüng), y se ha comprado esta tarde un televisor Thosiba Full HD.
Las tres horas siguientes pertenecen al secreto del sumario. Para mí que no pasó un sólo minuto en balde. (De hecho, pagamos cincuenta euros en vinos y cervezas). Tampoco hubo ningún abrazo, ningún beso, en balde al despedirnos.
Creo que todos regresamos a casa en taxi. Todos menos Claudio, que prefirió dar un paseo y volver solo.
Sulleiro