
Para C.d.H
Hoy he vuelto a estrangular dos gardenias para ti. Supongo que cosas como esta son las que debiera contar a mi psicoanalista, pero, como se sabe, me es imposible hablar con él porque le maté hace un año.
Es verdad que mi psicoanalista me engañaba con otros sueños, pero no le maté por eso; le maté porque supe que iba solo al cine todos los domingos por la tarde. Mi psicoanalista siempre estuvo obsesionado con los restos ennegrecidos de un viejo cine de Palermo, que, según parece, ardió por completo cuando él todavía era muy niño.
Antes de que yo le matara, mi analista me regaló una película sobre la vida de un perro, y me regaló también un libro; un libro con algunas frase subrayadas. Entre las páginas del libro encontré un billete usado de avión Berlín-Madrid y el acta de una junta de vecinos. Todo se lo devolví después de estrangularle; todo menos el acta de la junta de vecinos, que guardo como una verdadera reliquia.
Si mi difunto terapeuta no fuera ya más que ceniza, yo le contaría que hoy he vuelto a estrangular dos gardenias para ti.
Estoy seguro de que, al saberlo, mi analista se hubiera movido incómodo en su sillón. No se me han olvidado todavía sus recelos cuando tú viniste a visitarme por primera vez.
__¿Así que ella ha hecho ese viaje tan largo solamente para regalarle a usted dos gardenias?
Sí; mi psicoanalista era muy receloso con las nuevas amantes. Prefería los amores de siempre y la pasiones imprevistas. No le gustaba mucho aquel trasiego de ropa interior de tallas y colores tan variados. “¡Cuanta guardarropía!”, dijo una vez que yo le hablé de cierto sujetador azul sin cazoletas. Claro que tampoco le gustaba que tú escribieras relatos decadentes.
__ Y dice usted que ella es de Argentina. Como yo.
__ Como usted, no. Ella no tiene barba y, además, canta boleros.
__¿Y qué hizo usted cuando ella le dio las gardenias?
__ Le regalé un libro.
__ ¿El mismo libro de siempre?
__ Sí. El mismo de siempre.
Hay libros, como los que yo regalo, que son una exploración, no cruenta, del territorio ajeno. Mi analista lo supo bien. Hay gente a la que regalas un libro, y se lo deja olvidado en el salón de tu casa, o que, incluso, lo lee antes de olvidarlo en cualquier otra casa. Pero también hay pieles fértiles. Pieles en las que siembras un libro y enseguida ves florecer las páginas en el corazón de la entrepierna. Parece que esos libros llenan el sexo de un violento color malva, como si fueran jacarandaes en primavera.
De todas esas cosas, y de otras que suceden en los trenes, le hablé a mi psicoanalista antes de matarle. Antes, incluso de que me regalara un libro subrayado y mucho antes, desde luego, de aquella tarde angustiosa de agosto cuando él se perdió en Berlín buscando un taxi que la llevara al aeropuerto.
Ese es el precio de andar mucho de viaje, solía decir mi fallecido psicoanalista cuando yo le hablaba del miedo, de los cines o de los libros en las sesiones de los martes y los jueves. Por eso, hoy domingo, al volver de la estación, me he acercado a la Gran Vía. Y, como siempre, le he visto allí, muerto y solo, sacando su entrada para ver una película musical. Me parece que le ha bastado con mirarme un instante para saber que esta mañana, en el tren de retorno a Madrid, yo he vuelto a estrangular dos gardenias para ti.
El estrangulador accidental
