Archivo de junio, 2009

jun 30 2009

La procacidad de lo cuellos desnudos

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

Elisa trae salazones de Denia y un vino blanco del Mediterráneo. Trae también unos poemas inesperados de Cortázar. Juan Hospital nos abraza y se ríe. Y Claudio se desborda con sus ingeniosas y despiadadas ternuras. Nos besa Jelen con los labios siempre abiertos para lo más vulnerable. Marta nos lleva, y nos trae, y nos dice, y nos reclama. Pero el Urce nos detiene un instante para que escuchemos el Take Five: un saxo de noche en la calle San Bernardo. Y el Lobo, siempre prodigioso, hace malabarismos con la logística de las guitarras y los calores hondureños. Acaba el taller. Empieza otro verano.

¿Sabe alguien cómo gobernar esta procacidad de los cuellos desnudos?

El Estrangulador Accidental

No hay comentarios

jun 30 2009

El Lobo que vino de Troya

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

lobo_ourantes5

El Lobo, en su habitat

Nuestro Lobo padece estos días mal de altura. A causa de ello, está húngaro perdido, de modo que el viernes pasado, en Getafe, tuvimos que estrangular un recital entero sin contar con su ayuda. Y, para qué vamos a engañarnos, estrangular un recital sin el Lobo pierde mucho de su encanto.

Si alguien es un fino perito en descubrir los mejores cuellos, ése es el lobo. Nadie calibra tan rápido como él un cuello jugoso. Por eso, cuando los cuellos languidecen, el lobo se nos pone húngaro, y se nos extraña con esos males de altura que tantos vértigos desencadenan en las buenas cabezas. Cabezas helénicas, como la suya, que prueban la veracidad de aquello tantas veces dicho:  que los primeros habitantes de Viana de Bolo fueron emigrantes griegos huidos de la Guerra de Troya. Así es: de mar a mar, entres los dos la guerra, y tú Lobo nuestro, asomado a un Finisterre.

Sulleiro

No hay comentarios

jun 24 2009

Hoy he vuelto a estrangular dos gardenias para ti

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

Jacaranda2

Para C.d.H

Hoy he vuelto a estrangular dos gardenias para ti. Supongo que cosas como esta son las que debiera contar a mi psicoanalista, pero, como se sabe,  me es imposible hablar con él porque le maté hace un año.

Es verdad que mi psicoanalista me engañaba con otros sueños, pero no le maté por eso; le maté porque supe que iba solo al cine todos los domingos por la tarde.  Mi psicoanalista siempre estuvo obsesionado con los restos ennegrecidos de un viejo  cine de Palermo, que, según parece, ardió por completo cuando él todavía era muy niño.

Antes de que yo le matara, mi analista me regaló una película sobre la vida de un perro, y me regaló también un libro; un libro con algunas frase subrayadas. Entre las páginas del libro encontré un billete usado de avión Berlín-Madrid y el acta de una junta de vecinos. Todo se lo devolví después de estrangularle; todo menos el acta de la junta de vecinos, que guardo como una verdadera reliquia.

Si mi difunto terapeuta no fuera ya más que ceniza, yo le contaría que  hoy he vuelto a estrangular dos gardenias para ti.

Estoy seguro de que, al saberlo, mi analista se hubiera movido incómodo en su sillón. No se me han olvidado  todavía sus recelos cuando tú viniste a visitarme por primera vez.

__¿Así que ella ha hecho ese viaje tan largo solamente para regalarle a usted dos gardenias?

Sí; mi psicoanalista era muy receloso con las nuevas amantes. Prefería los amores de siempre  y la pasiones imprevistas. No le gustaba mucho aquel trasiego de ropa interior de tallas y colores tan variados. “¡Cuanta guardarropía!”, dijo una vez que yo le hablé de cierto sujetador azul sin cazoletas.  Claro que tampoco le gustaba que tú escribieras relatos decadentes.

__ Y dice usted que ella es de Argentina. Como yo.

__ Como usted, no. Ella no tiene barba y, además, canta boleros.

__¿Y qué hizo usted cuando ella le dio las gardenias?

__ Le regalé un libro.

__ ¿El mismo libro de siempre?

__ Sí. El mismo de siempre.

Hay libros, como los que yo regalo, que son una exploración, no cruenta, del territorio ajeno. Mi analista lo supo bien. Hay gente a la que regalas un libro, y se lo deja olvidado en el salón de tu casa, o que, incluso,  lo lee antes de olvidarlo en cualquier otra casa. Pero también hay pieles fértiles. Pieles en las que siembras un libro y enseguida ves florecer las páginas en el corazón de la entrepierna. Parece que esos libros llenan el sexo de un violento color malva, como si fueran jacarandaes en primavera.

De todas esas cosas, y de otras que suceden  en los trenes,  le hablé a mi psicoanalista antes de matarle. Antes, incluso de que me regalara un libro subrayado y mucho antes, desde luego, de aquella tarde angustiosa de agosto cuando él se perdió  en Berlín buscando un taxi que la llevara al aeropuerto.

Ese es el precio de andar mucho de viaje,  solía decir mi fallecido psicoanalista cuando yo le hablaba del miedo, de los cines o de los libros en las sesiones de los martes y los jueves. Por eso, hoy domingo, al volver de la estación, me he acercado a la Gran Vía. Y, como siempre, le he visto allí, muerto y solo, sacando su entrada para ver una película musical. Me parece que le ha bastado con mirarme un instante para saber que esta mañana, en el tren de retorno a Madrid, yo he vuelto a estrangular dos gardenias para ti.

El estrangulador accidental

No hay comentarios

jun 17 2009

Así como la luz deja su rastro

Publicado por Antonia en Papeles de Antonia

Hacía mucho tiempo que no escribía en Los Proscritos. Aquí dejo lo último que he escrito.

Así como la luz deja su rastro


Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerdas en Sí menor de Johannes Brahms

Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerdas en Sí menor de Johannes Brahms

Ayer, por hacer algo, escribí un verso
y, más tarde, miré por la ventana
y vi pasar el día
con un paso tranquilo, casi andante,
dejando un rastro añil en las esquinas
y un trazo de amarillo entre las nubes.
Creo que debo decir que ya es otoño
y que estuve leyendo a Gil de Biedma,
y escuchando un cuarteto de Ravel,
y un quinteto de Brahms que me enloquece,
y que, tras ello, sentí un temblor de aire,
que quizás sólo fuera el impulso de hacer algo
sencillo y sin remedio
como hablar de la infancia
contemplando un rosal en el Retiro,
o algo sentimental y memorable
como el último beso de una noche
de rara comunión y whisky malo;
algo—no sabía el qué—pero que había
que hacer urgentemente
porque, en ese momento, cualquier cosa
sería bella
y necesaria,
pero no había un rosal ni era de noche
mientras que aquellas notas y palabras
giraban en la luz
y, antes de que cayeran,
sin saber qué hacer y por hacer algo,
escribí un verso:
así como la luz deja su rastro.

@Antonia Díaz Rodríguez, 2009

No hay comentarios

jun 14 2009

El blog de la Urraca

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

urraca_blog

 

Me he apresurado a escribir un comentario en el blog de la Urraca porque, puesta a esconder cosas, ella también esconde los textos y comentarios de su bitácora. Se ve que la Urraca sólo se muestra inquebrantablemente decidida a la hora de comprar botas. Y ello es natural porque para calzarse botas como las que ella compra hace falta la decisión de todo un Julio César antes del combate.

El caso es que la Urraca publica un texto, luego lo cambia, después lo quita, más adelante lo vuelve a poner, de modo que el lector adicto a su blog, como yo, tiene que andar espabilado si pretende conservar algo de su ya precaria cordura.  Uno se pregunta qué suerte de vacilaciones torturan el ánimo de la Urraca en materia de blogs. Y se pregunta también si tales incertidumbres le afectan, incluso, a la hora de cantar. Imagináos a nuestra Urraca sobre el escenario, interpretando, por ejemplo, el Ah! Je veux vivre, de Romeo y Julieta, cuando, de repente… ¡una duda! Una duda insuperable, la Urraca se calla, y, unos instantes después, rompe a cantar el Ich bin der Abend.

__Pero, oiga -se quejaría el espectador-, ¿qué ha pasado con las dulces ansias de Julieta?

__ Nada. Nada. Es que el Ich bin der Abend me va mucho mejor con estas botas. ¿No ve usted que son negras?

Negras. Redondas. Fusas. Y confusas. Y confusos, nosotros. Los designios del Señor, como las botas de la Urraca, son indescifrables. Pero da igual, porque nosotros amamos a la Urraca. La amamos, incluso con las botas verdes de las rebajas. Y la amamos ya para siempre después del concierto de la Gruberova, que nos hubiéramos perdido de no ser por ella. ¿Alguien sabe por qué organiza el INAEM conciertos clandestinos?

Es verdad que apenas asistimos medio centenar de espectadores en el concierto de la Gruberova, pero aún nos duelen las manos de aplaudir. Y no fue por las florituras de la Villanella. ¡Qué va! Es que, con las canciones de Shubert, por ejemplo, se nos puso un nudo tan grande en la garganta que todavía estamos alimentándonos con dieta líquida.

En fin, que siempre estaremos en deuda por la Urraca. En deuda por los conciertos, por el blog, y por las risas de los jueves. Alicia y yo estamos pensando seriamente, en regalarle unas botas de motorista, con la moto y el casco incluidos, para verla entrar en el Auditorio, subida en una enorme moto de color amatista y cantando el O mio bambino caro.

Sulleiro

No hay comentarios

jun 12 2009

Los jueves, milagro

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

gruberova

 

Mi profesora de Filosofía se queja de la fragilidad que presentan ciertos jueves madrileños. Y tiene razón. Ya no hacen jueves como los de antes. Aquellos jueves que duraban tres meses cada uno. Ahora los jueves duran casi lo que un suspiro. Cuando te quieres dar cuenta, ya es viernes. Lo mismo pasa con las semanas: cuando yo era niño había semanas con tres y hasta cuatro jueves; ahora te dan uno, y como por caridad. Pero habrá de llegar un tiempo en el que todos los días de la semana sean jueves; todos si excepción.

Siempre jueves, como anoche. El jueves que cantó en Madrid la Gruberova… ¡Edita Gruberova!

(Sólo mi psiquiatra, el camarero del bar y yo sabemos las veces que este Faro ha viajado con el último acto de La Traviatta escondido en la maleta. Llegabas al hotel, abrías la maleta y allí, al lado de las camisas, estaba Violetta – la Gruberova-, en su lecho de muerte. Si acercabas el oído a los calcetines, podías escuchar el solo de violín que rememora la melodía del primer acto, cuando el amor era una fiesta de bailes y burbujas. Y bastaba con prestar atención a la bolsa de aseo para escuchar el “¡Mai più da te!” -¡Eternamente contigo!-)

Es difícil de creer, pero anoche apenas asistimos un puñado de personas al concierto. ¡Qué impresión daba  ver el auditorio desierto y a la Gruberova cantando sólo para nosotros! De acuerdo, éramos pocos, pero aplaudimos, gritamos y lloramos como si fuéramos cientos, miles. A Celi se le cayeron las manos de tanto aplaudir. Alicia lloró hasta la deshidratación, y una hermosa joven que ocupaba la butaca contigua a la mía me agarraba el brazo diciendo: “esto es histórico, nunca nos pasará nada igual”. Tanto era su entusiasmo que, a la salida, la mujer nos propuso ir  a Granada para escuchar de nuevo el concierto.

Cuando sonó la última nota de Der Hir auf dem Felsen, ya no nos quedaba ni un centímetro de piel en su sano juicio.

Ach, Mädchen, Mädchen, nimm mich bald!
Es ist so öd, es ist so kalt
Hier oben

(¡Ay, querida, querida, abrázame pronto!
Todo está tan desierto, hace tanto frío
Aquí arriba)

Y, al final, el  Zueignung (Strauss):

…el amor hace que los corazones enfermen:
¡Gracias!

En una ocasión, borracho de libertad,
levanté la copa de amatista,
y tú bendijiste la bebida:
¡Gracias!

Entonces fue cuando, al salir del Auditorio, quisimos asaltar la  Conferencia Episcopal, y organizar una orgía como dios manda en sus eclesiásticos jardines, pero no encontramos taxis para todos.  Se ve que, algunos jueves, las maletas, y los últimos actos, ocupan los taxis que están libres. Con razón se queja mi profesora de filosofía.

Faro Villano

No hay comentarios

jun 02 2009

Otro cuello es posible

Publicado por Sulle en Papeles del Sulle

Cuello

Tengo una amiga que alardea  de lo bien que prepara su madre la tortilla de patatas. Y, partiendo de tan amable circunstancia, mi amiga termina por decir que hay algo sobrecogedor en el lenguaje que nos da forma, que nos cuenta. Por ello, sostiene mi dilecta compañera de cervezas y relatos que a los textos, como a las tortillas, hay que echarles huevos.

No tengo opinión formada al respecto. Nunca he estrangulado a una tortilla de patatas. Madres, en cambio, he matado unas cuantas. A la primera que maté tuve que estrangularla tantas y tantas veces que aún me duelen las manos al acordarme. Aquella primera madre era una mujer virtuosa, aunque nunca supo hacer tortilla de patatas. Tampoco supo cantar romanzas, pero mi padre nunca le reprochó su incapacidad musical porque mi padre siempre fue de poco comer.

Estrangular a una madre puede considerarse un trabajo de orfebrería. Hay quien sostiene que estrangular a uno, o varios hijos requiere más refinamiento. No me interesa el debate. Detesto el academicismo de los estranguladores de salón. Con tal de meter mano a un cuerpo jugoso, esos tipos son capaces de cualquier cosa.

Estrangular un buen texto es otro asunto. Yo mismo, siendo muy niño, quise estrangular los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós, pero como tenía las manos pequeñas siempre se me escapaban vivos media de docena de tomos. “Empieza por algo más sencillo”, dijo mi padre, así que estrangulé La Busca, de Pío Baroja, que era de mi talla.

Eso es lo malo de ser un estrangulador autónomo: que hay mucho cuello de encargo. ¡Dónde quedaron nuestras ilusiones de infancia! ¡Cómo se van escurriendo entre las manos de un estrangulador adulto los sueños de la niñez! Uno soñaba con el cuello de hermosos arquetipos, y terminó por despertarse con el pescuezo de un estereotipo entre los dedos.

Pasa la vida y, al final, si quieres una buena tortilla de patatas tienes que pedirle una madre prestada a tus amigas. Tal vez otro mundo sea posible. Tal vez sean posibles otras madres. Lo que no siempre es posible es encontrar buenos bares donde sirvan cerveza hasta muy tarde.

El Estrangulador Accidental

No hay comentarios