
(Así ardía el aguardiente en la marmita del Lobo. Foto del Sulle)
Imaginad la casa del Lobo en un pueblo de los montes madrileños. Pensad en que son las doce en punto de la noche, y que están todas las luces apagadas. Mirad: en el centro del patio está la gran marmita llena orujo. Escuchad: con su hermosa y grave voz, Urceloy lee un conjuro. Y, después, el Lobo Ramírez prende fuego al aguardiente.
Pues así comenzó la queimada el sábado siete de junio.¡Teníais que haber visto cómo ardía – azul, amarillo y rojo-, el aguardiente, y el azúcar blanco, y las mondaduras del limón y los granos de café! ¡Teníais que haber visto aquella fiesta de colores líquidos en la oscuridad de la noche!
El Lobo nos instruyó con detalle: “Cada uno removerá el orujo con el cazo, siguiendo las agujas del reloj. Habréis de hacerlo siete veces cada vez, hasta que el fuego se apague por sí mismo” .
Cuando, al fin, el fuego se extingue, después de ciertos estertores verdes, el Lobo sirve el aguardiente en unos pocillos negros que pasan, de mano en mano, siguiendo nuevamente las agujas del reloj. “La queimada es un rito solidario”, explica el Lobo.
Es la hora de beber juntos. ¡Felicidades, Lobo!
Tal y como él había prometido, los fastos por el cumpleaños del Lobo se prolongaron, este fin de semana, de sol a sol, y casi de luna a luna. Veinticuatro horas de festejos, con alguna que otra de propina.
Claro que todo tiene su explicación, porque habréis de saber que, en su mesilla de noche, el Lobo tiene unas gafas de sol, un libro de Evelyn Waugh, un peine y una buena edición de La Ilíada. ¿Qué se puede esperar de un hombre así?
¿Qué se puede esperar de un hombre que es, a la vez, Brideshead Revisited, Troya y Viana do Bolo?
Pues se puede esperar lo que, al final sucedió. Que el Lobo Ramírez aprovisionó el festejo con dos hectáreas de empanada, varios hectolitros de buenos vinos y aún mejores licores. Hubo lagos de daiquiri y ríos de cavas y cerveza, toneladas de tortilla, e innúmeros metros cúbicos de jamón, de queso, de carnes, de frutas y dulces, y varios kilos de bombones.
De todo lo bueno hubo, y lo hubo en abundancia. Tuvimos música celta, y la sintonía del NO-DO, y vinilos de los ochenta. Por haber, incluso había, un periodista abrazado a dos botellas de Rueda.
¡Sólo dios sabe cómo y cuándo dormimos!
El domingo amaneció tarde, nublado y frío, así que el Lobo se vistió de sportman 1920. Era cosa de ver, bajo la lluvia, aquella suprema elegancia por Cadalso de los Vidrios. Un polo de tenis, airosa chaquetilla con sus pantalones blancos, zapatos de piel rojiza y lustrosa. Con sus gafas de sol recién estrenadas, y pitillera de plata en ristre, nos llevó el Lobo al estanque -hoy vacío- donde, según cuentan, otrora un Álvaro de Luna se solazara con la desnudez de los nadadoras lugareñas. (¡Señor! ¡Cuánta piedra, y cuanta agua, para aquellas pieles tan jóvenes!).
Como se ve, en Cadalso no falta de nada. Hay ruinas, y semovientes. Hay una iglesia muy grande, y muy vacía, en la que uno se imagina cientos de bodas, bautizos y funerales. Y, muy cerca, hay una plaza con farolas isabelinas. Y, más allá, otra plaza -la de toros-, hecha con acero y uralita. También hay un Centro de Salud, tres veces inaugurado, y una fábrica de telas abandonada con todos los cristales rotos. ¿Bares? Tantos, o más, que habitantes. Da igual en que bar entres: en todos saludan al Lobo. Os lo puedo asegurar: el domingo llovió a conciencia, pero al Lobo no le cayó ni una gota.
¡Qué fiesta más buena!
¡Qué espléndido cumpleaños el del Lobo en su Cadalso!
Sulle&Nana