may 27 2008
DIURNO VENECIANO
Después de tan hermosas alusiones, no puedo por menos que intentar agradeceros, sin ofender, con un texto de lirismo extremo (¡ese deporte!). Ruego el perdón de los presentes y ausentes, por tanta vana vaguedad. Vayan estas 4 reflexiones venecianas (tupidas, estúpidas y estupendas) como invitación a Dksualidad y como reconocimiento a tanto inmerecido bien de aquellos que nos rodean… todos ellos proscritos.
1.Ante la dureza y flexibilidad de un tallo siempre he sentido manifiesta indefensión. Como si su posible ruptura tuviese por resultado la confirmación de un mal, cuyo alcance pusiese en peligro toda mi existencia. Los ríos de Herodoto entonces, los caballos de bronce sobre la fachada de San Marcos nada podrían. Un solo instante de abandono y se acabó.
2.La peste canónica no terminaba al séptimo día sin decesos, sino a los 87 años. Los mismos que cumpliera Tiziano sino fuera por la intemperancia de la enfermedad, que se atrevió a acometerle, por no desdecirse del asunto. Y que le causó la muerte por una cuestión de coherencia.
3.Vuelves sin conocer el por qué de la mirada hacia los leones de la plaza, que son en realidad sólo uno y tú. Sientes como te asciende el perfume de la tierra, su celo amoroso. Todo falso. Aquí la tierra no existe, estás sobre el dominio de la laguna y alguien robó para tu intranquilidad, de forma ingrata el oro que a nadie corresponde. Grumos tan sólo de barro y miel, que como oropel y humo te han perseguido, cual si un raro mal hubiese encontrado en ti su destino.
4.Tempus Fugit:
Las flores del albaricoque
soplan del este hacia el oeste,
y yo he tratado de evitar su caída.
Ezra Pound.
Ezra Pound en su canto número trece intentó evitar que el viento del este, aquí diríamos de levante, se llevase consigo las flores de un albaricoque. Como el poema concluye ahí, nadie puede aclararnos si consiguió al fin su propósito. Una vez más alguien perece en el intento, con tan sólo tres versos, de desbaratar la desaparición de unas flores, que en ese momento particularmente amaba. El albaricoque ornamentó el mostrador de un comerciante en frutas, aquí diríamos frutero y la flor caería, pasto de éste u otros vientos. Pero Pound seguramente no alcanzó a contemplar ninguna de estas infelicidades, que casi podríamos calificar de infidelidades y sus versos, sus tres únicos versos que han prolongado hasta este instante la caída de una flor, permanecen inseguros en su pugna con un viento que ya cesó.
O lobo
