YO SEÑOR, NO SOY VIEJO
Yo señor, no soy viejo sino viejo el mundo, y más el dolor de lo que he visto y aquello que me ha hecho ver.
Aunque esta primera frase debiera bastaros, sospecho que me conocéis o que de mi habéis oído hablar, y como tal estáis al tanto de lo que quiero contaros; pues aunque es cosa particular, quiero decir que ha sucedido en nuestra aldea, también es universal y ya debe andar en boca de todos, a sabiendas de aquellos acontecimientos que tiempo ha nos hicieron merecedores de alguna fama.
Entonces yo era joven y traté la vida como me vino y no puedo sino bendecir a aquel que me enseñó y amé, y aún después de muerto me sostuvo. De mi boca sólo parten agradecimientos, y de mi familia alabanzas, aunque fueron remisos al principio: mi esposa -que Dios tenga en su gloria- que qué diantres hacía yo creyéndome tales patrañas, y mis otros hermanos, parientes y sobremesas que bien hacía en quejarme y malo en tomar las de Villadiego. Pero esto fue al principio, que después, aunque esto no se dijo pues así lo dispuso el letrado, supimos que mi señor no era ni tan pobre como parecía ni tan mísero como sospechaban: y abiertos los codicilos y leídas las disposiciones tocóme más pastel del que se supo y todo fueron halagos y querencias.
No sé que gusanillo entró en mí, pero tras aquellas aventuras se me vino un ansia por aprender, por dejar no sólo el ingenio que algún cronista quiso otorgarme, sino el recuerdo de que también fui cultivado en mis esperanzas. Pero después de haber aprendido las letras y haber estudiado catones y gramáticas no me dio por la escritura y no lo siento, pues a seguro que hubiera supuesto más dolor para mi y hambre para los míos que glorias y alabanzas por muy altas que estas hubieran querido parecerse. Es el oficio de escritor cosa de gran placer y mucha dificultad, y de mucha pobreza. Dejé harapos, vendí tierras, y me hice cargo de esta pobre secretaría donde año tras año voy malviviendo, lo que no es poco en estos tiempos.
El caso señor, es que desde un tiempo acá que no puedo precisaros, ese cura y ese barbero andan tras mía pidiéndome que vuelva a los caminos, que les enseñe por dónde anduve o que decida yo por qué lugar marchar. Y no me preocupan, no, pues son tan viejos como yo, o aún más, y hay que comprender a los hombres cuando la muerte les va rondando y quieren aferrarse a la vida aún haciendo lo que en otra edad tuvieron en poco. No son ellos, señor: sino ese caduco y siempre bachiller Sansón Carrasco, que me viene y me zarandea, que me turba el sosiego y me interrumpe la siesta, que no contento con mi hija y los nietos que me dio díceme de echarse a los montes, bien de caballero andante o de pastor: que me dice le dé mi viejo zurrón y mis antiguas abarcas, que me tienta el pobre corazón y me anima a irme con ellos por esos campos del Señor. Y lo que más me disgusta: con el loco propósito de componer aldonzas -ya me entendéis- o desmenuzar galateas.
Vos lleváis por acá pocos años aunque no vuestra familia y vuestro apellido os advierte, y en vuestros ojos tristes y vuestras facciones secas, y en esa color que os hace dichosa la boca, y en ese vuestro porte alegre y decidido dais a entender que no pertenecéis a otro lugar y vuestro tío estaría orgulloso sólo con veros. Os pido poco. Sólo quisiera que les hagáis entrar en razón; pues aunque son buenas gentes parece que la edad les está caducando el seso, y aunque son obsequiosos, sus continuas visitas más que halagarme me incomodan la pequeña paz y el necesario olvido en que he sabido sustentarme.
Socórrame pues, señor Quijano, y hagamos de nuevo valer la memoria del que fue su tío y para mí, sin dudarlo, el mejor amigo del mundo.
@ Jesús Urceloy / abril de 2008