¡Vaya fin de semana que ha pasado el Obispo de Madrid! Reuniones, timbres de teléfono, faxes, correos electrónico. Caras de estupor entre los prelados; perplejidad y confusión. Cada llamada de teléfono era un nuevo sobresalto.
__Moseñor: ¡Otro milagro en Canillejas
__¿Otro?
__ Sí, monseñor, otra vez en la calle Circe.
__¡Ay!, ¡Señor!, ¡Qué tarde de milagros llevamos!
Y es que sólo de milagro pude calificarse el cocido de ocho carnes oficiado ayer por el pontífice Alfonso. Era de ver cómo se se prosternaban los invitados ante la sublime sopa. Cada plato que salía de la cocina era acogido con sollozos de emoción. Se anegaban de lágrimas los ojos ante la indescriptible textura de los garbanzos. Y cada una de las ocho carnes elevaban la hondura de su propia voz hasta llenar la casa entera con un polifonía de armónicas ebriedades. Algunos comensales gemían como niños, otros rezaban, no faltó, incluso, quien se diera golpes en el pecho.
Milagro, y sólo milagro, fue la hospitalidad y mansedumbre de Alfonso y Elisa, para con una tropa tumultuosa y vociferante que ocupó su casa durante más de doce horas, arrasando todas las reservas de alcohol, discutiendo como enérgumenos, y desenvainando poemas sin el menor atisbo de misericordia.
Nada era de este mundo: ni la esbelta cintura de Antonia, ni el apetito del Urce, ni la súbita y milagrosa recuperación de Claudio, ni las risas de Carmen. También fue sobrenatural la capacidad de Estrella para hacernos reir hasta el mismo límite del fallecimiento. Prodigiosa, como siempre, la serenidad Ignacio y de Alicia.
De todo hubo, hasta unas melancólicas piezas tocadas por Ignacio con el saxo de Alfonso. Fotos antiguas, bromas nuevas, versos recién estrenados, aguardiente de Martín Codax y ginebra, mucha ginebra. (Ginebrita con limón, sabor de amores).
__ Monseñor: ¡otro milagro!
__ ¿Qué ha sido ahora?
__ Que Sulleiro está callado.
__ ¡Dios mío! Esto es aún más grave de lo que pensábamos. ¡Póngame enseguida con el Vaticano!
Sábado de milagros. Que no volverán a repetirse, estoy casi seguro, porque ya se sabe que la Iglesia no tolera el placer de sus hijos. Cada cual en su casa, y Rouco y señora en la de todos.
Sulleiro